El temor, la mayoría de las veces, provoca que uno huya de algo que no lo persigue.
Nuestros peores pensamientos casi nunca ocurren, y la mayoría de las preocupaciones mueren en vana expectativa, alertas, angustias, vigilias, etc.
El miedo es como una silla mecedora, que te mantiene en movimiento pero siempre en un mismo lugar, no llevándote nunca a ningún lado. El miedo paraliza. Realiza el juego contario.
Aún no ha ocurrido lo que tanto temes del mañana, por lo cual no temas el día que nunca has visto. “No hay razón de abrir el paraguas hasta que no empiece a llover”. Y en tal caso si hay que abrirlo, porque verdaderamente la lluvia se a próxima, aceptémoslo, de lo contrario seguiremos huyendo sin tener paz, pues nuestro temor (miedo o fantasma) nos continuará persiguiendo susurrandonos al oído con sus tormentos.
Cuando enfrentamos a nuestro miedo o temor, este pierde fuerza, se reduce y pierde virulencia. Porque su poder radica en tu miedo, a mayor miedo, más poderoso y gigante se vuelve. Al enfrentarlo, su poder se desinfla.
No es algo que se logre de un día para el otro, es un duro proceso que requiere valentía, pero se puede. No es imposible tomar coraje y romper las cadenas que nos atan a nuestros temores, y al fin acallar sus voces. ¡Ánimos!
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