Emprendiendo un Análisis

Cuando un paciente comienza un tratamiento psicoanalítico es bastante frecuente la siguiente inquietud: “yo tengo una prima que había comenzado a ir con un psicólogo que apuntaba directamente al problema que ella le llevaba en ese momento, no hablaban de su infancia o de sus relaciones familiares”.

Allí encontramos dos puntos que determinan nuestras elecciones y nuestra manera de relacionarnos con el mundo durante toda la vida: las relaciones que establecemos con las personas que nos crían, que comienzan justamente no el día que nacemos, sino antes de que lleguemos al mundo, cuando alguien imaginó cómo íbamos a ser, qué nombre íbamos a tener, qué cosas nos iban a gustar, etc. y el tiempo en el que somos más vulnerables psíquicamente e incorporamos todo lo que nos enseñan, la infancia.

Cuando alguien decide consultar con un psicólogo no lo hace de la misma manera que el resto de las personas. Cada uno tiene sus tiempos y lidia consigo mismo como puede. Pero sí hay algo recurrente en casi todas las personas a la hora de buscar un profesional: es muy rara la ocasión en la que alguien se decide de un momento al otro, casi siempre hay un gran rodeo previo en el que generalmente el paciente busca un psicólogo, le parece que “le gusta” pero aun así decide consultarle a alguien que ya haya empezado o tenga alguna experiencia previa, se informa sobre diferentes orientaciones, etc.

Cuando finalmente se anima a llamar, comienza el obstáculo económico. Y cuando esto no es un problema, las más de las veces el paciente pide turno y no asiste a la consulta. Esto se conoce en psicoanálisis como resistencia, y es muy frecuente ya que enfrentarse con las propias miserias es mucho más difícil que hacerlo con las ajenas.

Y la tarea del análisis es justamente eso: tratar de lograr que el paciente encuentre en el analista una pantalla en blanco que le permita encontrarse consigo mismo, que le permita ESCUCHARSE. Por eso no importa demasiado lo que el analista opine sobre lo que a él le pasa: la más importante de todas es la opinión del paciente. El psicoanalista es una GUÍA que lo ayuda a entender lo que le pasa con el mundo, no alguien que tiene que decirle qué decisiones tomar sobre ciertas cuestiones.

Muy a menudo se escucha la frase “yo hice terapia durante dos años y el psicólogo no me solucionó nada”. Entonces uno pesca en el discurso del paciente la demanda: llegó al consultorio para que el profesional le solucione algo o tome decisiones por él.

Me parece que en este sentido es tarea del analista calmar esa ansiedad, porque además la demanda suele ser “que sea a corto plazo”, que es como vivimos hoy en día, con el imperio del “todo ya” y explicarle algunos puntos, darle algunas “malas noticias”:

 

· A la larga, la mejoría dependerá de él y sólo de él.

· Será él el que decida qué hacer con su vida, no su analista.

· No se podrá determinar el día que consulta cuánto durará el tratamiento. El inconsciente es acronológico, no conoce el reloj.

· Las sesiones tendrán diferente duración justamente por lo mismo.

 

En esto consiste la “magia” del análisis: impacta de diferentes maneras en cada paciente. Algunos vienen a la segunda sesión y dicen “no sabés lo bien que me siento, me cambió la vida venir acá.” Y seguramente tengan razón, ya que durante la primera sesión el paciente HABLÓ. Dijo mucho o poco, pero empezó a poner en práctica el poder curativo que tiene la palabra que se dice (porque también es conocido el poder destructivo que tiene la palabra que se calla).

Pero hay que tener cuidado con las soluciones rápidas, ya que suelen arrojar resultados poco duraderos. Cuando un síntoma aparece y se instala en una persona durante mucho tiempo, es necesario interrogarlo, encontrar el motivo por el cual vino para quedarse.

Cuando uno niega lo que le pasa por miedo a sufrir y no lo interroga, sucede algo análogo a lo que pasa cuando a una persona le diagnostican un tumor: si la persona decide negar lo que le dicen y seguir adelante sin tratarse, el tumor no se irá, seguirá operando y crecerá cada vez más. Algo análogo sucede con la angustia.

Como dijo Freud en su tomo “inhibición, síntoma y angustia”: “cuando el caminante canta en la oscuridad, desmiente su estado de angustia, mas no por ello ve más claro.”

Desentendernos de lo que nos pasa no lo hace desaparecer, sino que lo empeora. En ciertas ocasiones el cuerpo grita lo que la boca calla, o como decía Freud “lo que se calla se actúa.” El síntoma será diferente según la estructura psíquica de cada persona.

Atrás del síntoma siempre hay un goce, por eso es importante descifrarlo, llegar al fondo de la cuestión aunque lleve tiempo. La cancelación del mismo será un resultado que por supuesto nos alegrará, pero si no se logra arrancar el problema de raíz volverá disfrazado de otra cosa.

Pongamos un ejemplo que se condice con lo que dije al principio, que desde antes de nacer ya somos algo que alguien desea: un chico cuya familia soñó desde que nació que iba a ser jugador de fútbol. Entonces le compraron los botines, la camiseta y lo llevaron desde muy pequeño a las prácticas. Y cuando llegó la oportunidad de dar el salto, de jugar en un club importante, al jugador se le presenta un problema en su pierna derecha: no la puede mover; desconoce el motivo. Consultan a muchos especialistas pero ninguno puede averiguar lo que le pasa. Y ahí empieza una ardua tarea, en el caso de que finalmente decida que la cuestión no es biológica y emprenda un tratamiento psicoanalítico: averiguar la procedencia de la parálisis.

Es importante que él mismo le de un sentido a su síntoma. Y entonces un día, con un llanto desgarrador, el paciente logre decir “yo nunca quise jugar al fútbol, yo quería estudiar diseño gráfico, pero desde chico se me dijo que el fútbol era lo que mejor se me daba y que debía seguir ese camino.”

Ubicar lo que nos pasa es el primer paso para ver qué hacemos frente a eso. Una persona que dice “ahora entiendo por qué fracaso en todas mis relaciones amorosas, porque no quiero comprometerme con nadie por miedo a sufrir”, no sólo se está dando cuenta de lo que le pasa sino que se está haciendo cargo de que es él el que lo está provocando, se está haciendo responsable de lo que le pasa.

Otra consulta muy frecuente viene de la mano de la toma de alguna decisión: “tengo que resolver un tema y no sé qué hacer, ¿usted qué haría?”; con lo cual escuchamos muchas veces que el paciente pone la responsabilidad de una decisión en el analista.

Imaginemos una situación: un padre de familia que dice “tengo una mujer hermosa y buena y tres hijos excelentes; no cambiaría mi familia por nada en este mundo. Pero hace unos meses en una fiesta del trabajo estuve con un hombre y me di cuenta de que me gusta. ¿Qué hago?”

En ese momento es cuando hay que redirigirle la pregunta al paciente: “¿Qué QUIERE hacer?” y probablemente diga “quiero estar con hombres pero no quiero perder a mi familia” o “voy a perder a mi familia pero me haré cargo de mi deseo”. No podemos decir que esté bien ni una cosa ni la otra, pero sí podemos afirmar que de esto se trata el análisis: del descubrimiento de la verdad. El bienestar llegará por añadidura, pero la tarea analítica es descubrir la verdad que habita en cada sujeto, luego lo que el mismo haga con ella es asunto de cada uno. Lo importante es que el paciente se conecte con su deseo.

Por lo tanto, ubicamos lo que nos pasa (me gustan los hombres) y luego vemos qué hacemos con eso. En este caso me parece que el “luego” no funciona como adverbio de tiempo sino como una consecuencia, al igual que en el “pienso luego existo” de Descartes: es una consecuencia, un “entonces”. Pienso, entonces (esto significa que) existo; ubico, entonces actúo en consecuencia.

Y así como el luego no hace referencia al tiempo, tampoco debemos preocuparnos por eso cuando decidimos emprender un tratamiento psicoanalítico. El inconsciente no opera con los tiempos lógicos de la vida cotidiana. Esto es lo que posibilita que un suceso acontecido en la infancia pueda tener repercusión cuando una persona es adulta. En el psiquismo las causas no prescriben.

A modo de ejemplo es interesante citar nuevamente a Freud, cuando hablaba de los sueños de la muerte de personas queridas, que tanto nos horrorizan: suceden porque en algún momento de la infancia, quizá luego de algún reto, algún familiar se ganó nuestro odio más profundo y le deseamos la muerte. Y como el inconsciente opera cuando tiene oportunidad y nada conoce de cronología, tenemos un sueño a los 40 años en el que dicho familiar muere y nos asombramos y angustiamos profundamente.

Por este mismo motivo, también es importante aclarar el tema de la duración de las sesiones: lo más importante del tratamiento psicoanalítico es que el paciente no pierda tiempo y dinero. Y el hecho de que una sesión dure una hora no garantiza que sea más productiva que una que dura 20 minutos.

Me permito en este punto citar una anécdota de Luis Giunípero, un reconocido psicoanalista de Rosario y gran profesor de la facultad, quien se analizaba en Buenos Aires y por lo tanto tenía un largo viaje para visitar a su analista. Y relató que un día llegó sobrecargado de excusas, y a los cinco minutos de sesión el psicólogo le dijo “terminamos esta sesión, lo espero la semana que viene.” Fueron grandes su sorpresa y su enojo, pero sin embargo pensó mucho en esa situación y regresó la semana siguiente entendiendo muchas cosas, y muy seguro de que esos cinco minutos habían sido más productivos que si se hubiese quedado dos horas.

Es que algunas sesiones son muy largas, pero el paciente sólo habló de su cotidianeidad, utilizó palabras vacías, no hay que perder de vista lo que decía Lacan “las puertas del inconsciente son las únicas que se golpean desde adentro”, es decir que es el paciente el que emprenderá el arduo camino del análisis.

Cuando hablaba de la “magia” del tratamiento psicoanalítico mencioné a aquellos que desde la primera sesión tienen la sensación de que su vida cambió, pero también están los que tardan un tiempo largo en empezar a ver sus efectos.

Por eso digo que no es conveniente poner plazos cuando uno decide consultar, a veces lleva mucho tiempo poner en forma la demanda, pero tengamos en cuenta que “el primer paso no te lleva donde querés pero te saca de donde estás” y salir de un lugar incómodo y angustiante en el que uno se posicionó durante años es mucho decir. Descubrir la verdad de cada uno muchas veces puede ser doloroso, rompe con la comodidad, obliga a cambiar muchas cosas, pero sin duda es preferible eso a permanecer en la oscuridad.

Los seres humanos queremos evitar el sufrimiento, entonces tratamos de seguir adelante averiguando lo menos posible sobre lo que nos pasa. Enfrentarnos con nuestro deseo nos saca de eje, pero es el motor humano, pienso que “no está muerto quien pelea, pero está muerto quien no desea.”

Cuando nos encontramos con una persona depresiva que no se puede levantar de la cama y dice “¿para qué voy a comer si total me voy a morir?”; “¿para qué me voy a bañar si total me voy a morir?” estamos en presencia de una persona que no desea nada, porque lo único que ve enfrente suyo es la muerte.

Desear nos mantiene vivos porque nos permite proyectar, enfocarnos en lo que queremos y trabajar para conseguirlo. No creamos en esas frases que se escuchan o leen por ahí como “deséalo tanto que el universo no tenga más remedio que dártelo.” Los que tenemos que hacer un esfuerzo para conseguir lo que queremos somos nosotros.

Al pertenecer el ser humano a la única especie consciente de su propia finitud, se hace difícil a veces la vida, pero a su vez es lo que le da sentido.

Por eso es importante que entre nosotros y la muerte podamos poner proyectos. Quien dice “el año que viene me recibo”, está diciendo que no se piensa morir hasta el año que viene, por lo menos lo decreta en su realidad psíquica. En la realidad real puede pasar otra cosa, pero siempre la que nos domina es la primera. Este fue uno de los grandes descubrimientos freudianos; basta con pensar en el caso de la anoréxica que nos dice “peso 200 kg, no me puedo mirar al espejo” y lo que en realidad uno tiene enfrente es a una persona que pesa 45 kg. y está al borde de la muerte.

Asimismo, cuando la realidad psíquica le dice a una persona que es un inútil que fracasará en todo lo que emprenda, esa persona fracasará aunque tenga todas las capacidades para destacarse en lo que se proponga. Porque se identificó con una frase que tal vez un adulto le dijo cuando era niño. Si comparamos nuestro psiquismo con una planta, podemos decir que cuando la plantamos basta con que la pateemos para que se rompa. Pero cuando esa planta crece, llegará un momento en el que no podremos derribarla. De igual manera, no es lo mismo lo que uno le dice a un niño de 5 años que lo que uno le dice un adulto de 40.

Pero aquí volvemos una vez más a lo que es tarea del paciente y no del analista: no es tarea de este último decirle al paciente “no sos un inútil”, sino ayudarlo a que él mismo lo descubra para que pueda correrse de ese lugar. Cuando Lacan hablaba del estadio del espejo, se refería a los significantes que vienen de las personas que nos crían y de los que a veces nos apropiamos. Cuando una mamá dice “Pedrito es una luz pero Juancito es un desastre”, Juancito irá poniendo en la “mochila” de su imagen esos significantes, y puede que vaya por la vida comportándose identificado a ellos.

Porque desde que somos muy chiquitos hasta cierta edad, pensamos que las personas encargadas de nuestra crianza son perfectas, que tienen razón en todo. Sólo cuando crecemos y empezamos a pensar por nosotros mismos comenzamos a discrepar y a tener nuestras propias opiniones sobre las cosas y sobre nosotros mismos.

Entonces surgirá el interrogante ¿Por qué estoy estudiando esta carrera si nunca me gustó?” y a través de un análisis podremos descubrir, quizá, que estábamos destinados a seguir con el negocio familiar y había que estudiar una carrera que nos habilitara para eso.

Y a partir de ahí, como en el ejemplo anterior del padre de familia, será tarea del paciente hacerse cargo de su deseo o no. Porque aquí entra en juego la frase de Jean Paul Sartre “¿Qué hacemos con lo que hicieron de nosotros?”

Aquí es cuando empezaremos a tomar el timón de nuestra vida, dejando de responsabilizar a otros de lo que nos pasa. Es cierto que hay cosas que si alguien no hizo por nosotros en su momento no se podrán hacer tampoco ahora, pero muchas otras sí, y hay que vivir aceptando que todo no se puede.

Hay personas que naturalizan un destino ineludible: “mi papá le pegaba a mi mamá y por eso yo le pego a mi pareja.” Y hay otras personas que ante la misma situación dirán lo contrario: “mi papá era violento y yo no quiero repetir lo mismo con mis hijos.”

Por eso recalco que al fin de cuentas el trabajo siempre es del paciente, y más allá de lo que hayan planeado para nosotros siempre podemos corrernos de los lugares en los que no queremos estar.

Pero tomar el timón de la vida nunca es tarea fácil. Implica descubrir cosas que tal vez no nos gusten, asombrarnos, angustiarnos y a partir de allí DECIDIR qué hacemos con eso.

No consultamos para que decidan por nosotros o nos solucionen la vida. Es mucho más interesante y productivo que eso lo hagamos nosotros, a partir de hacernos cargo de lo que somos y de lo que decidimos.

Porque también otra frase que escucho a menudo es “mi analista me dijo que volviera con mi ex”, y es una manera de no asumir que las decisiones, erradas o acertadas, siempre son nuestras.

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