La Interpretación en la (No) Relación

Toda relación supone la violencia, aún la relación sexual (justamente, como no la hay, es que se debe poner ahí otras cosas). Pienso a la violencia en el sentido en que Piera Aulagnier habló de una "violencia de la interpretación": la mamá cree que el bebé llora porque tiene hambre, y le enchufa (palabra hermosa para suponer la complementariedad, el justo medio -logrado-) la teta.

De la misma manera se trama la relación con el partenaire. Basta pensar en lo que podemos llamar, un poco pomposamente, "el juego de la seducción": un terreno de suposiciones. Suposiciones, justamente, porque lo que se cree es la su-posición: saber la posición del otro (aparecí en tu campo perceptual como un objeto más, pero -te- me acerco porque pienso que me miraste, o estás ahí acodada porque creo que me estás esperando). No importa si eso es cierto (no se trata de un criterio de verdad), lo cierto es que relaciona: entre vos y yo hay interpretación en juego, y es por eso que la cosa marcha (quizás no me habías visto, pero acercándome me mirás; no me esperabas, pero ahora estás dispuesta a esperar a ver qué puedo decirte o hacer).

La interpretación es lo que media entre el hombre y la mujer, pero nunca está en el medio, ni tampoco es una (el hombre tendrá la suya; la mujer, otra). A lo sumo, podrán coexistir por un tiempo, una junto a la otra.

Y en ese juego, entonces, se juega con las suposiciones hasta destrozarlas: se las explicita, se las deja en ridículo, se las tira como bollitos a un tacho de basura o se las vuelve operativas.

Ahora bien: cierta deriva actual plantea a la relación (el diálogo, el encuentro, la práctica sexual) como una situación de consentimiento informado. En pos de dictaminar las reglas, entonces, se barre con el juego, con el terreno interpretativo. Pero ese costado termina reflejando una pretensión imposible: la de suponer que se puede saber qué quiere el otro simplemente consultándole. Y aún peor: que el otro lo sabe y quiere decirlo, es decir, que puede responder con una verdad. Es el mito de la media naranja en su versión discursiva.

Esa idea parece regir en los tiempos que corren: la relación como un terreno de profundo acuerdo. Pero con el acuerdo no se copula (como tampoco con la ternura, con la simetría o con la igualdad). El sexo es una práctica autoerótica y, por ende, siempre desigual y violenta (aún en aquellas personas cuya "erótica" es la de satisfacer al otro en su totalidad: gozo porque creo estar haciéndolo gozar). En ese sentido, consentir es asentir, es siempre propiciar una reverencia ante alguien más.

Una conclusión asoma de la siguiente manera: partiendo de la no relación sexual, ¿será la normativización acordada (estipulada de antemano, consensuada) la mejor manera de hacerle frente? (Pido permiso para tocarte una teta, o pactamos previamente hasta dónde podremos llegar esta noche). Pero si eso diluye la erótica (forma siempre particular del encuentro de los parlêtres) sin lograr sortear la no relación, ¿no hace más que evidenciar la falla, es decir: fallar doblemente?

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