Siempre el Mismo Error

Sísifo, en la mitología griega, fue condenado por los dioses a un terrible castigo: empujar por el resto de su vida una pesada roca por una empinada montaña para observar como invariablemente volvía a caer al fondo del valle para volver a empezar de nuevo, desde el principio una y otra vez. Esto nos evoca al absurdo, a la necesidad de la repetición que al igual que Sísifo nos impulsa a subir una y otra vez la piedra. Por alguna u otra razón, cometemos los mismos errores que nos ocasionan angustia y sufrimiento.

La repetición es aquello que se inscribe en el inconsciente del sujeto como cimiento de la constitución de subjetiva, que luego olvidara y más adelante en la vida se pondrá de manifiesto. Esta repetición es la que luego se hará síntoma generando malestar al sujeto e invitándolo si se quiere a comenzar un análisis.

Durante toda la vida, estamos atravesados por el ritmo de la repetición que nos impone el inconsciente. La repetición tiene dos aspectos: es positiva cuando nos permite aprender, crear y afirmarnos cada día más. Pero también puede resultar patológica en tanto nos hace volver a representar, sin que nos demos cuenta, los traumatismos de la infancia, reproducir una y otra vez las rupturas amorosas, sufrir trastornos obsesivo-compulsivos, depender de una droga, del juego o del sexo, o fracasar reiteradamente ante las mismas pruebas. Esto se debe a que el inconsciente es a veces una fuerza de vida que nos impulsa a repetir comportamientos felices y a veces, una fuerza (o pulsión) de muerte que nos lleva a repetir compulsivamente las mismas conductas que culminan en una frustración.

En la clínica psicoanalítica nos encontramos con que los pacientes muchas veces no recuerdan, en general, nada de lo olvidado y reprimido, sino que más bien lo actúan. El sujeto no reproduce como recuerdo aquello que reprimió y olvidó, sino que lo repite como acción; y lo repite sin saber, es decir, inconscientemente.  Como totalmente ajeno a la escena, así se presenta la repetición como sorpresa, como si fuera la primera vez.

Por ejemplo: un paciente no recuerda haber sido desafiante e incrédulo frente a la autoridad de los padres; en cambio, se comporta de esa manera frente a su jefe, sus profesores o figuras de autoridad en general (Freud, 1914).También se puede escuchar en la queja de una joven que consulta por sus fracasos amorosos colocándose en posiciones que con el tiempo se hace insostenible.  Amamos sin saber que nuestro amado de hoy tiene un rasgo común con nuestro amado de ayer y que nuestras parejas sucesivas, empezando por nuestro padre o nuestra madre, también han tenido ese rasgo común. Efectivamente, cuando uno comienza una nueva relación amorosa, a menudo se sorprende al descubrir que su elección lleva la marca de la persona amada y deseada anteriormente.

Una mujer en la treintena de su vida acude a un Centro después de un proceso de desintoxicación. Había sido rescatada de la calle por la policía casi al borde de la muerte por ingestión de crack y licor. Después de las dos o tres primeras entrevistas suspende el consumo completamente. Refiere que por voluntad divina se encontró con el Centro y ahora se quiere dedicar a Dios. Un centro evangélico se ocupa actualmente de su cuidado diario y, según refiere, desde que “el Señor” se le reveló, su vida tiene sentido y no quiere saber de drogas. Estos efectos identificatorios son comunes en las adicciones y sirven de base para tratamientos sostenidos en la identificación a los ideales de la institución. Hija de un hombre desconocido y de una madre “casi beata” que la había abandonado para ocuparse de la iglesia. Se escapó de la casa a los 19 años con un hombre que la introdujo en las drogas y de quien tuvo una hija que entregó a su madre y no volvió a ver durante 7 años. Practicaba la prostitución para ganarse el techo. Consumía diariamente cocaína y licor para no saber con quién se acostaba. Esa era, de acuerdo a su relato, la única manera de soportar a los hombres. “Con el señor me basta”, pensaba mientras estaba con un hombre. En los momentos de mayor intoxicación experimentaba una sensación de plenitud con Dios dejándose hacer en su cuerpo lo que el hombre de turno deseara. 

La repetición es intrínseca a todo sujeto en la vida y en sus síntomas (acciones, sueños, síntomas físicos…). Nosotros repetimos y vamos innovando - aprendiendo algo en cada repetición. En un análisis se tratará de que el paciente pueda atravesar todo esto para encontrarse con el origen de lo que lo hace repetir, en pos de la búsqueda de su deseo y se pueda construir algo diferente y singular a partir de este descubrimiento.

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Fuentes:

Freud, S.: “Recordar, repetir y reelaborar” (Nuevos consejos sobre la técnica del psicoanálisis, II) (1914).

Nasio, Juan D. “¿Por qué cometemos siempre los mismos errores?. CABA: Paidós, 2013.


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